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Cuando nací pesaba 4kg

  • Foto del escritor: mapeocorporal
    mapeocorporal
  • 5 nov 2018
  • 5 Min. de lectura

Cuando nací pesaba 4,3kg. Era una pequeña bola de grasa que llegaba al mundo alrededor de las 4 de la mañana y que salía disparaba sin pensármelo del interior de mi señora madre.

Si bien los primero años seguí siendo una niña de bastante peso en cuanto pisé un aula por primera vez pasé a convertirme en un fideo andante. Supongo que ello es debido a que no paraba quieta, siempre estaba subiéndome a los árboles o jugando o bailando, y también porque me dediqué a darle mucho por culo a mi madre negándome a comer casi de todo. De hecho, a día de hoy y con 27 años recién cumplidos y después de 7 viviendo fuera cuando recibo una llamada suya el gran drama que no le deja dormir y su pregunta que no falla es: “¿Has comido?”.

No recuerdo haber tenido una infancia en la que me preocupase un mínimo por lo que llevaba puesto, por el aspecto que tenía o dejaba de tener o por si era guapa o no. Hasta que cumplí los 12 años y de la noche a la mañana pasé de ser un fideo andante a despertarme con un señor par de cartucheras a cada lado de mis muslos. Yo vengo de una familia de mujeres contundentes físicamente hablando, no iba yo a escaparme de la tradición familiar.

Y fue ahí cuando si ya creo que nunca más volví a no preocuparme por mi físico. Los dientes, los granos, la cara, el cuerpo, el pecho la barriga, la nariz, el pelo... Pasé y le hice pasar a mi madre, como si ya no hubiese tenido suficiente con la infancia, una adolescencia que para mi se queda. Yo lo he dicho siempre y no tengo problema en reconocer que fui un cardo de niña durante mis 12, 13, 14, 15, 16... Me encajaría hasta en los 18 si me apuras. Nunca supe bien cómo vestir, qué era lo que me favorecía más o cómo sacarme partido. Siempre tuve y sigo teniendo complejos, sólo que ha cambiado la forma de saber llevarlos.

Nunca he tenido un peso o un volumen estable. Cuando entré en la carrera pesaba lo máximo que he llegado a pesar, pero cada año fui bajando de peso. Hace 3 veranos me quedé esquelética. Una mala situación personal y mucho gimnasio me dejaron un cuerpo que estoy segura que nunca voy a volver a tener, más que nada porque nunca he vuelto a coger el gimnasio con ese ímpetu y porque, digo yo, cada vez sé manejar mejor las cosas que me pasan. Sin embargo, hace dos años cuando llegué a Barcelona empecé a coger kilos como una condená. Casi llego a pesar lo mismo que pesaba cuando empecé la carrera, sólo que me di cuenta a tiempo. Desde entonces y hasta ahora soy un yoyó que pierda y gana, aunque sobre todo gana y con mucha facilidad.

Pese a todo no creo que pudiese afirmar que no me gusta mi cuerpo. Si creo que no tuvo un buen desarrollo inicial y que ahora mismo se encuentra de todo menos en forma, pa qué nos vamos a engañar. Pero aún así si apareciese un genio de la lámpara y me dijese que si quisiese el cuerpo de otro podría tenerlo le diría que no. Mi cuerpo es mío y sé lo bonito que puede llegar a estar. Le pediría el genio que me diese ganas de ponerme a curtírmelo, que no retuviese tantísimo liquido y bueno mira puestos a elegir que no me volviese a salir celulitis ni pelo nunca más. Pero no lo cambiaría. Con los años he aprendido a hacer eso que no sabía con 15 años, que es sacarme partido. Me gustan mis pechos, bastante, considero que es de mis puntos fuertes, sólo que este sistema no me deja ir enseñándolos por ahí y que mira, ahora mismo estamos a 13 grados y tampoco es plan. Pero la cosa es que sin ser grandes considero que tengo un buen par de peras. Mi espalda, divina como ella sola y por supuesto mi Señor culo. Porque es un Señor con s mayúscula.

Escribo todo esto y a la vez pienso: “Vamos a ver Gabriela hija quéta’blando si después estás todo el rato con el tarro de que estás gorda”. Y la verdad es que si me preguntasen ahora mismo, a día 28 de noviembre si estoy contenta con mi cuerpo te diría: pues mira no del todo. Pero porque una ya va cumpliendo años, y cuando antes se jartaba de comer a deshora o lo que

quisiese ahora ya no se puede. Por lo que a lo mejor con lo que no estoy contenta es con el hecho de que ahora tenga que estar preocupándome por si como mucho o poco, porque las cervezas tenga que ir contándolas y no abusar y porque esos pantalones de la 36 pues tú sabes, como que ya tocaría ir vendiéndolos o donándolos o dándoselos a otra en vez de seguir en el cajón cogiendo polvo no vaya a ser que vuelva a estar buenorra otra vez. El caso es que igualmente, tal como hoy te afirmo que contenta no estoy si me preguntas dentro de dos semanas puede que me encuentres mirándome en un espejo diciendo: “dios mío es que hay que ver qué buena estoy”. Pero es que yo soy así, me gusta mucho contradecirme qué le vamos a hacer.

A todo esto, creo que influye el hecho de que la sociedad es igual de contradictoria y está cada vez más majara. Hay una mentalidad cada vez mayor muy preocupada por el hecho de hacer deporte, de ir al gimnasio todos los días, de llevar una rutina, de comer sano, que si el yoga o el pilates. Se fomenta el cuerpo sano y de volumen musculado con una lechuga en una mano y la quinoa en la otra. Antes te veías a las Spice Girls hechas un auténtico palillo y sin culo comiéndose una hamburguesa sin problemas, sin preocuparse un mínimo por si ejercitaban su cuerpo o no. Ahora todas tienen un culo que sólo de mirarlo sabes que va a estar más duro que una piedra y fomentan las recetas sanas y los zumos de frutas naturales. Y mientras esto pasa por un lado luego por otro aparecen mujeres con cuerpos alejados de cualquier canon de belleza, que fomentan las curvas, el “no hago ejercicio porque me da pereza” y el viva yo y mi cuerpo. Y vivan ellas.

Así que imagino que en todo este contexto vivo yo, yendo de un pensamiento a otro como una pelota de tenis en un partido. Porque por un lado querría hacer más deporte, me gustaría subir una escalera sin asfixiarme, levantarme el culo y aprender a comer bien. Pero a la vez me gustaría gustarme ya no tanto más sino mejor. Porque yo gusto y soy consciente. Y me encanta gustar. Que mira si que Pepita está tremenda y tiene una cara de princesa que madre mía. Y yo voy a alegrarme por ella y seré la primera que la llame guapa. Pero es que después llego yo con mis carnes, mi culo gordo y con más cara que espalda a hacer reír y a no parar de hablar. Porque una verdad como la Catedral de Burgos es que cuando mejor se siente una más guapa está. Ya pese 45 o 70, que como decía Lola Flores: “¿Tú sabe porque yo estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera”.



Enviado anónimamente.

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